A la muy noble dama, Luana de Montecillos y Arganda.
Yo hablaré por vos, mi Señora Luana; y os defenderé ante cualquiera que ose confundir a vuestro esposo con calumniosas insinuaciones e impíos arrebatos de justicia y moral. Vuestra virtud e inocencia son incuestionables, y doy fe de estar intactas. No habéis de temer más perfidias, ni falsos juramentos en pos de una absurda y depravada galantina moral, que adorna, mas no alimenta. Os prevendré de ellos.
He remitido, no obstante, mis deseos y afecciones a vuestro esposo, y debo confesar que las ha cogido por el pescuezo, como quien ajusticia a un pavo; las ha arrebatado y sacudido, escupiendo las palabras de su boca, engalanadas de orgullo y malquerencia, burlándose, además, de mi sinceridad, con una aborrecible y deslenguada respuesta.
No temáis nada de ello, pues mi amor permanece tan intacto como las estrellas del cielo, que nos miraban a las horas de vigilia en vuestro lecho. Y, aunque así me lo solicitéis, no os puedo revelar el lugar de este refugio en el que me hallo, pues nuestras confesiones escritas, aun selladas, os confirmo, son sin duda comentadas en viejos y oscuros oídos de celosía, para los que el secreto es una cuestión sólo de forma.
Espero que nada os perturbe en vuestro hogar, ni que vuestro esposo tome cartas de otra baraja, si quiere jugar con vos al matrimonio convenido. Lo habéis sido todo para mí, y doy gracias por vuestra paciencia en mis enseñanzas.
Tomad confianza de que estaré cerca, más que el aire que respiráis, y os confortaré como vuestra manta de lana añil; aquella que con mis manos tejí. No puedo dejar de manifestaros, asimismo, pues nada olvido, el recuerdo de los suspiros de nuestro mutuo aliento, y vuestra mirada quebrada en la agonía de tantos finales compartidos; en el frío silencio de un amor nocturno, que tanto nos conmovió, y en la eternidad de yacer con vos, mi dulce y ansiada dama.
Nos deseo la eterna fidelidad que nos profesamos, y ruego me perdonéis, si en los tránsitos y las horas de compañía, os evitaba la mirada, pues de esto siento la más profunda culpabilidad por la descortesía que os pude profesar. Os remito mi inobediencia a toda regla y mandamiento que nos quiera robar lo que hemos tenido.
Dios guarde a vuestra merced tanto tiempo como el que me permita vivir a mí.
Con todo mi cariño y afecto hasta la muerte, se despide vuestra humilde sirvienta Inés.
A contar cosas
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Vater unser im Himmel
Y las estrellas se fueron
¿Duermes?
Última esperanza
20 de febrero de 2012
Tiempo
Fue un tiempo, como cualquier otro
en el que, aciago e ignoto,
se rompió el recuerdo, ya olvidado,
de ausencia y soledad.
Y en este tiempo, y no otro
llegó hasta mi tu sentimiento,
cargado de aromas añorados
de caricias consentidas
de permisos otorgados.
Y pasa el tiempo, lento y compasivo ,
cargado de instantes y de momentos,
de vidas ya vividas, de sentidos encontrados,
que tu mirada me devuelve, me ata, me extasía;
porque no hay más eternidad, que rozar tu alma,
Vivir tu vida, soñar despierto, y verte en silencio,
Cercana, vívida, tranquila.
Y el tiempo nos confesará,
la felicidad que se susurra
al corazón del ser amado;
la que respiro en tu boca
y el destino nos ha dado,
como una dulce armonía,
la que en mi alma escucho,
atento, inquieto, y embriagado.
Y nada más que el tiempo, testigo y garante,
Dejará huella en nuestro momento
Izando el recuerdo por encima del olvido,
de la ausencia, del retiro, del lamento;
pues no habrá tiempo, ni demora,
que amaine el amor que siento,
ni calma que arrastre mi tormenta,
que escampe el sentimiento,
que distraiga la vida,
que oculte, que serene,
nuestro aliento.
24 de noviembre de 2011
La Rosa y el Clavel
I
Las medias, húmedas por la lluvia, estaban pegadas a su piel. Lentamente las bajó, con sumo cuidado, con cierta desgana, desde el muslo, bajando hasta la rodilla y el tobillo, y terminó tirando de ellas desde el pie. Las revisó por si tenían alguna carrera y las colocó sobre el bidé.
En la otra habitación, alguien se estaba quitando los zapatos y los dejó junto a la mesilla, en la esquina; luego, la camisa y los pantalones quedaron colgados también cuidadosamente en una silla.
Lo había intentado ya otras veces. Sentía que si se lo pensaba una vez más, se marcharía como siempre, dejando el dinero sobre la cama. Era todo tan frío…; no era lo que quería, pero la soledad podía más.
Ella se quedó mirando la bañera. El deseo de un baño caliente le confortó en esos momentos, cuando el oficio se anteponía. Hace años hubiese caído en los brazos del hombre de la otra habitación, sin remisión, decidida a cumplir sobradamente con lo pactado en dos palabras. Hubiese sido ella la que lo hubiese desnudado, con cuidado, de forma cariñosa incluso, anticipándole el placer, consiguiendo imaginar que era el hombre de su vida, con el que iba a hacer el amor.
Cuando acabara se daría un baño; luego, sólo eso quería ahora.
La habitación estaba cerrada desde que entraron; guardando la intimidad, o para huir de la moral ajena, o simplemente para evitar mirar fuera. No era la habitual. Esta daba a la avenida, y su compañera Blanca se la había prestado para esta noche. En la penumbra, luces indirectas que sólo decoraban; en el suelo, un damero de losetas, verdes y grises, rotas y viejas.
Finalmente se incorporaron y se miraron en la distancia que les separaba, él se planchó con las manos la ropa interior y miró a su alrededor. Ella se dejó caer sobre el marco de la puerta, y lo miró de arriba abajo.
Le hubiera gustado si este fuera uno de esos que le pide que finja ser su madre, una enfermera, lo que fuese; que sólo pagase por arroparle, sólo por cuidarle. Que lo acariciase, que le hiciera dormir con mimos. Alguno de esos, que la sacaría también de su propia realidad, porque ese día sólo quería cariño, darlo o recibirlo, le era indiferente.
Él, cada vez más avergonzado, suponía lo que debía de hacer, y cómo hacerlo; pero hubiera pagado el doble, si se lo hubiese pedido, por un beso; por un tierno abrazo, incluso, el triple.
II
Se acercaron el uno al otro y él se estremeció cuando una mano le retiró el flequillo con mucha suavidad, como lo haría una madre, que derrama entre sus dedos el cariño de un consuelo.
Cerró los ojos, y su corazón empezó a palpitar fuerte y desesperado. Subió su mano temblorosa poco a poco hacia ella, y la acercó a su hombro; sus dedos siguieron su brazo hacia la mano, la cogió, pero la soltó en seguida.
Sintió que de su boca brotaba una sonrisa hacia él; no permitió que durase mucho, así que volvió a lo debido, y lo empujó hacia atrás para que se sentara en la cama.
Se fue quitando la ropa interior, con un erotismo practicado, lleno de movimientos aprendidos en la intrascendencia de su vida, hasta quedar completamente desnuda.
–¿Me quito también esto, o quiere que…?
–Déjeme a mí.
Lo había hecho infinidad de veces, nunca hubiera perdido el tiempo, pero algo le hizo detenerse. Dudó, y luego, sin saber por qué, se dio cuenta de que aquella sensación era vergüenza, a la espera de cuándo pondría aquel hombre las manos sobre su cuerpo. Agitó su mirada y recuperó la atención en lo que estaba haciendo, y se tumbó con él.
Las manos de él rozaron su piel como si esta quemara. Su corazón volvió a latir y la abrazó. Primero como un padre, luego como un hermano y finalmente con el reclamo del deseo, buscando tocar su olor, llenarse de su cuerpo, mezclarlos si fuera posible.
Ella tardó en responder, pero su experiencia se imponía, tomando las riendas del momento. Así que él, sometido e inerte en el reparo, se dejó hacer, ayudándola en todo de forma considerada, en la posición, en su mutua comodidad y en la esperanza de que todo lo que hacían fuese un placer compartido.
Después de un rato, levantaron la mirada hacia el otro y se encontraron, con la boca entreabierta y los labios acelerados por la respiración, observándose, buscando saber qué quería el otro, deseando ceder a un deseo ajeno, arder al unísono, y así olvidar para qué habían subido.
Ella se encontró con las manos acariciando su nuca. Nunca lo había hecho, porque siempre guardaba el recuerdo de unas manos reposando sobre la espalda del otro en una postura artificiosa, preparada para la escena, como si fuera una foto, sin intensidad, sin intención. No en aquella ocasión, en la que su cuerpo, cansado y molesto por la postura, empezaba a sentir una complaciente sensación de haber hecho lo que quería, a pesar de todo, y de haberse permitido desear a alguien sinceramente, de disfrutar con el amor físico. Por un momento, se permitió pensar en tiempos mejores.
III
En ese momento él acabó, o eso escuchó ella. Después del largo silencio de sudores y suspiros, él se levantó y se sentó en la cama con la cabeza agachada.
Se acercó a la chaqueta y sacó el dinero. Lo puso sobre la cama y se despidió. Se vistió tan lentamente como pudo, mientras ella permanecía tumbada aún, húmeda de sudor, consternada por la pérdida estúpida de algo que nunca había tenido, y que sentía que nunca tendría.
Antes de marcharse la miró; y estuvo a punto de esperarla para tomar un café, de bajar con ella para dar un paseo, o para lo que fuera; no haría falta hablar, sólo quería estar con ella, los dos solos, o quizá junto a una ventana, viendo pasar la vida al otro lado del cristal.
Ella le devolvió la mirada y se incorporó en la cama.
“Debo estar loco, si quiero decirle eso”, pensó él.
“¿No va a decir nada? Me gustaría…”, pensó ella.
Escaleras abajo, se puso bien el abrigo, se alisó la chaqueta; se arregló el pelo y suspiró antes de salir. Tenía el coche cerca, pero decidió dar un paseo.
“No sabía que la vista fuese tan preciosa desde aquí”, pensó ella, junto a la ventana.
3 de noviembre de 2011
Aquel lugar maravilloso
Sólo veía oscuridad, y a través de ella miraba el mundo. Cerca de mí, sin embargo, percibía los olores, sonidos y sensaciones de una vieja buhardilla.
Cuando me encerraban, lo veía venir en seguida, aunque no fuese consciente de ello. Comenzaba por revelarme contra el castigo con patadas y gritos; luego pasaba del enfado a la resignación, con esos brotes de ira malentendida que todo niño experimenta, en los que tu propia garganta es la fuerza más poderosa que tienes, y expulsas toda la rabia de tu propia inseguridad. Luego el agotamiento me vencía, y terminaba por sentarme en el frío suelo de madera a esperar.
Una vez el castigo se prolongaba, tanteaba a mí alrededor y abría los ojos, como si pudiese ver. Y, de algún modo, así era.
Solía sentarme cerca del viejo baúl del capitán pirata Rodrigo El Cruel, cargado de ropas y enseres del personaje que llevó uno de mis abuelos de pueblo en pueblo, durante sus años de artista.
A mi lado el enorme espejo de un tío mío, comprado para su madre, mi abuela, que acabó en el salón de la casa de aquél, que nunca fue la de ella, y que, posteriormente, quedó arrinconado aquí, al pasar de moda los espejos de época. Y detrás de él dos percheros repletos de ropas trasnochadas y sombreros de fieltro.
Por todos lados se amontonaban juegos de mesa sin piezas, descoloridas cajas de cartón y madera que contenían sabe Dios qué. Aspiradoras estropeadas y paneras de metal. Álbumes de fotos para enseñar, que nadie quería mostrar, y viejas mesillas de noche, arcones imposibles, cómodas desvencijadas y varas de roble, largas y en gran cantidad, que utilizábamos para los paseos por el campo.
Y alguna que otra trampa para ratones, usada y sin usar.
Cubriéndolo todo, una espesa capa de polvo gris, que el tiempo solía derramar día a día con cuidado. Incluso podía notar donde había estado sentado el último día, porque había menos cantidad.
Era un lugar donde había de todo y en el que costaba encontrar algo que sirviera.
A veces pensaba que esta era la residencia de los objetos ancianos, donde nadie los visita ya.
Así, sin contar las horas, quedaba sentado o tumbado, imaginando y pensando en todo lo que estaba por llegar, sin sospechar como cambiaba terriblemente el mundo. Creo que ya no quise salir de allí.
Desde aquellos días han pasado años en los que he vuelto a sentarme en la oscuridad, y he buscado este espacio de reflexión para no dejarme llevar por este mundo, tan implacable y rápido, que no deja pensar en lo que estamos haciendo. Y me he quedado en silencio, sin ánimo de rezo o meditación. Sólo con el único deseo de estar solo, completamente solo
En esta buhardilla lo he vivido todo. Afuera, sólo he visto la sombra de una realidad que siempre he despreciado, ese reflejo platónico que la vida me ha llevado a través de un viaje de insensatos deseos, de placeres compartidos, de vacías y pulcras de educación. Pero es aquí donde lo he vivido todo: la muerte de mis abuelos, ancianos y de una memoria decrépita, que murieron años antes de fallecer; el divorcio de mi madre, por esas razones que sólo un abogado sugeriría, y que tan solo nos dejó a mí y a mi hermano; la huída de mi padre, desde una vida que había sido un completo error, hacia otra que no importara que lo fuera; mi primer beso, y mi primera relación, todo a la vez, aquel domingo de noviembre, cuando el frío era una excusa más; mi boda, el mejor regalo que me hizo Roxana; y el nacimiento de nuestros dos hijos, luceros de mi otra realidad, que adornaban cada instante de mi simple y monótona vida.
Siempre fue ese lugar donde me sentí cerca de todo. Siempre fue este el que adoré, el que contrapuse a todo. La alternativa perfecta a un mal día, el refugio más oculto de un sinfín de sinceridades, el reducto más solitario de mi oscura soledad.
Este lugar, este maravilloso lugar, no fue sólo mi mundo, sino el lugar al que de verdad pertenezco.
Cuando me encerraban, lo veía venir en seguida, aunque no fuese consciente de ello. Comenzaba por revelarme contra el castigo con patadas y gritos; luego pasaba del enfado a la resignación, con esos brotes de ira malentendida que todo niño experimenta, en los que tu propia garganta es la fuerza más poderosa que tienes, y expulsas toda la rabia de tu propia inseguridad. Luego el agotamiento me vencía, y terminaba por sentarme en el frío suelo de madera a esperar.
Una vez el castigo se prolongaba, tanteaba a mí alrededor y abría los ojos, como si pudiese ver. Y, de algún modo, así era.
Solía sentarme cerca del viejo baúl del capitán pirata Rodrigo El Cruel, cargado de ropas y enseres del personaje que llevó uno de mis abuelos de pueblo en pueblo, durante sus años de artista.
A mi lado el enorme espejo de un tío mío, comprado para su madre, mi abuela, que acabó en el salón de la casa de aquél, que nunca fue la de ella, y que, posteriormente, quedó arrinconado aquí, al pasar de moda los espejos de época. Y detrás de él dos percheros repletos de ropas trasnochadas y sombreros de fieltro.
Por todos lados se amontonaban juegos de mesa sin piezas, descoloridas cajas de cartón y madera que contenían sabe Dios qué. Aspiradoras estropeadas y paneras de metal. Álbumes de fotos para enseñar, que nadie quería mostrar, y viejas mesillas de noche, arcones imposibles, cómodas desvencijadas y varas de roble, largas y en gran cantidad, que utilizábamos para los paseos por el campo.
Y alguna que otra trampa para ratones, usada y sin usar.
Cubriéndolo todo, una espesa capa de polvo gris, que el tiempo solía derramar día a día con cuidado. Incluso podía notar donde había estado sentado el último día, porque había menos cantidad.
Era un lugar donde había de todo y en el que costaba encontrar algo que sirviera.
A veces pensaba que esta era la residencia de los objetos ancianos, donde nadie los visita ya.
Así, sin contar las horas, quedaba sentado o tumbado, imaginando y pensando en todo lo que estaba por llegar, sin sospechar como cambiaba terriblemente el mundo. Creo que ya no quise salir de allí.
Desde aquellos días han pasado años en los que he vuelto a sentarme en la oscuridad, y he buscado este espacio de reflexión para no dejarme llevar por este mundo, tan implacable y rápido, que no deja pensar en lo que estamos haciendo. Y me he quedado en silencio, sin ánimo de rezo o meditación. Sólo con el único deseo de estar solo, completamente solo
En esta buhardilla lo he vivido todo. Afuera, sólo he visto la sombra de una realidad que siempre he despreciado, ese reflejo platónico que la vida me ha llevado a través de un viaje de insensatos deseos, de placeres compartidos, de vacías y pulcras de educación. Pero es aquí donde lo he vivido todo: la muerte de mis abuelos, ancianos y de una memoria decrépita, que murieron años antes de fallecer; el divorcio de mi madre, por esas razones que sólo un abogado sugeriría, y que tan solo nos dejó a mí y a mi hermano; la huída de mi padre, desde una vida que había sido un completo error, hacia otra que no importara que lo fuera; mi primer beso, y mi primera relación, todo a la vez, aquel domingo de noviembre, cuando el frío era una excusa más; mi boda, el mejor regalo que me hizo Roxana; y el nacimiento de nuestros dos hijos, luceros de mi otra realidad, que adornaban cada instante de mi simple y monótona vida.
Siempre fue ese lugar donde me sentí cerca de todo. Siempre fue este el que adoré, el que contrapuse a todo. La alternativa perfecta a un mal día, el refugio más oculto de un sinfín de sinceridades, el reducto más solitario de mi oscura soledad.
Este lugar, este maravilloso lugar, no fue sólo mi mundo, sino el lugar al que de verdad pertenezco.
10 de septiembre de 2011
La buena razón
No había olvidado decírselo, ni siquiera cuando empezaba con los empujones, y con los golpes del revés.
La rutina era la misma: gritos, niño bajo la cama, ella que se le enfrenta con retos y provocaciones, paliza y baño con su hijo para lavar las heridas, agua oxigenada y mercurocromo a granel.
Siempre fue una buena razón, acababa cansado de pegarle a ella y no tenía fuerzas para seguir con él.
24 de agosto de 2011
Santa inocencia
Alguien dijo algo. Algo que el resto comentó, con miradas, más que con palabras. Con esas expresiones, refraneras y populares, que pueden significar cualquier cosa, en multitud de situaciones. Esa inexactitud que servía para todo, y en este caso, para nada.
Sentados en el mismo bar desde hace más de una hora, esperaban a que Valerio acabara de mirar a ningún sitio, y centrase, aunque fuese por un momento, la mirada en el bollo y el café que le habían traído hacia un rato. Aquél se estaba escurriendo cada vez más en su sitio. Lo acababan de sacar a rastras de su casa, para que le diera el aire, pero éste pasaba de largo por su cara sin refrescarla. Los ojos de Valerio estaban tan irritados, como si hubiese llorado por cien días.
Susurró algo, hablando como en sueños, y miró a todos con esos ojos del cordero que van a degollar, pero el de navidad, el que no puede evitar sentir cierta satisfacción en su inevitable sacrificio, porque el motivo lo merece.
Rocío le cogió la mano, pero él no lo notó. Sólo era receptivo al tacto de otra persona; una que ya no se acercaría más. Finalmente observó que algo le presionaba sus dedos, a la vez que torcían su cara hacia la suya, y le besaban en la frente.
Miró al cielo y empezó a llorar.
Hubo algunos que chasquearon sus lenguas, otros miraron para no encontrar miradas. Algunos se levantaron y dieron una vuelta por ahí.
Y sólo unos pocos empezaron a hablar sobre el caso en cuestión, cansados ya del silencio misericordioso que se debe al abandonado amante, que no ve más vida que la que se le acaba de escurrir entre los dedos.
Entre afirmaciones y propuestas, resolvieron que debían de hacer algo por Valerio.
Sólo hubo alguien que nada dijo, y que unicamente contestada a todo con un murmullo de intrascendencia. El inconfundible sonido de una mujer que finge estar interesada…, y a la que acababan de dejar también.
Sentados en el mismo bar desde hace más de una hora, esperaban a que Valerio acabara de mirar a ningún sitio, y centrase, aunque fuese por un momento, la mirada en el bollo y el café que le habían traído hacia un rato. Aquél se estaba escurriendo cada vez más en su sitio. Lo acababan de sacar a rastras de su casa, para que le diera el aire, pero éste pasaba de largo por su cara sin refrescarla. Los ojos de Valerio estaban tan irritados, como si hubiese llorado por cien días.
Susurró algo, hablando como en sueños, y miró a todos con esos ojos del cordero que van a degollar, pero el de navidad, el que no puede evitar sentir cierta satisfacción en su inevitable sacrificio, porque el motivo lo merece.
Rocío le cogió la mano, pero él no lo notó. Sólo era receptivo al tacto de otra persona; una que ya no se acercaría más. Finalmente observó que algo le presionaba sus dedos, a la vez que torcían su cara hacia la suya, y le besaban en la frente.
Miró al cielo y empezó a llorar.
Hubo algunos que chasquearon sus lenguas, otros miraron para no encontrar miradas. Algunos se levantaron y dieron una vuelta por ahí.
Y sólo unos pocos empezaron a hablar sobre el caso en cuestión, cansados ya del silencio misericordioso que se debe al abandonado amante, que no ve más vida que la que se le acaba de escurrir entre los dedos.
Entre afirmaciones y propuestas, resolvieron que debían de hacer algo por Valerio.
Sólo hubo alguien que nada dijo, y que unicamente contestada a todo con un murmullo de intrascendencia. El inconfundible sonido de una mujer que finge estar interesada…, y a la que acababan de dejar también.
Mi amistad
Realmente no le importaba que le despreciasen. Solía decir: "Son las únicas opiniones que respeto, las más sinceras”.
Él era mi amigo, y del mismo modo yo lo era de él. Solo yo. No había con quién comentar sus palabras, con quién compartir sus momentos de inmolación pública, sus inseguros desprecios por los demás, y su farragosa certeza en todo lo que decía, en todo lo que opinaba. Su vida social era una obra barata, improvisada, y carente de todo gusto.
Al contrario que cualquiera, sabía por qué era su amigo. Quizá con él tenía a alguien que realmente necesitaba mi ayuda, o puede que hubiese algo que me invitase a pasar algunos momentos. Nunca me lo planteé.
Mi amigo no era de esas personas ingratas y victimadas por su auto desprecio, ni esas que dicen lo que cree que quieren escuchar los demás. No era nada complicado, su tristeza interior se basaba en un clásico axioma: "Mueve las aguas, para que, cuando llegue la tormenta, no notes la diferencia". Con esta idea andaba por la calle, se reunía, almorzaba, trabajaba y hasta leía. Vivía una vida para la contemplación del tiempo que pasa, sin mediar con él, sin tratarlo.
¿Y por qué era así?, porque tenía que serlo. Simplemente así.
Con respecto a mí, la desilusión a veces no es más que la espera de algo que no existe, y yo no esperaba nada de él.
27 de julio de 2011
Es de día
pero tan sólo
por unas horas todavía.
Ya llegará
el tiempo de los suspiros,
las aves migratorias
abrazando nuevos escenarios.
Cae la noche y sólo
queda el suspiro de un labio
mordiendo otra carne,
en un gesto de amor o tal vez
de desesperada hambre.
En este mundo cansado,
voraz, sin estrellas,
tal vez
sigan existiendo ojos
que resplandezcan,
dibujándose en el cielo.
Que se acuerden
de vivir y besen
con el alma el ahora,
tierra en que se entremezclan
el día y la noche
y entre ellos
deslizándose
…
la vida.
26 de junio de 2011
Miradas
He observado las miradas de aquellos que me miran y he resuelto no ver más allá.
Me he sentado frente a ellos y los he visto mirando, escudriñando las palabras de aquellos a los que escuchan atentamente, y he visto que buscan en la mirada los embates de la expresión, como si de lo dicho, no se obtuviese más confianza que la necesaria y conveniente para la situación. Y como si se echase de menos algo más, algo que el resto no pudiese ver, excepto nosotros.
Me han interesado y he observado sus miradas siempre, y me he enamorado, entristecido, corrompido y alejado de ellas, cuando el corazón me lo decía. No he cuestionado esa actitud, ni renegado de su consejo; al contrario, la he tenido cerca de mí, y he dejado que me poseyera, cuando la indecisión se convertía poco a poco en esa confusión, que te encadena el alma a la quietud.
He visto tantas miradas, que no podría pensar en todas. Recordarlas no tendría sentido, pues son producto de un azar inevitable, la primera pista de un futuro próximo, que casi siempre nos cuesta ver.
Aparece la mirada de una madre que busca a su hijo, aunque lo tenga delante de ella, la que cuida con la atenta observación, la que no pierde atisbo de cada gesto del niño.
La mirada de un enamorado que llora por dentro la felicidad que nunca tuvo, y que cae en los brazos del destino, que lo envuelve de fortaleza y calidez.
Y la mirada del dejado que vive dentro la infelicidad que siempre tuvo, y que ahora, solo y aterido por el frío del abandono, se deja caer sin hacer fuerza en ello, como si lo desease.
La mirada de la ausencia, y cuyos ojos quedan suspendidos en una intemporal espera de renuncia y esperanza.
La mirada ansiada de una llegada inminente, de una bocanada fresca que le traerá una renovada sensación de ilusión.
O la mirada de ese cuadro que siempre recordamos, la que nos sigue por dónde vamos, y a través del tiempo que recordemos, la que representa aquello que nos dijeron, y cuyas palabras, ya no retenemos. La mirada de alguien que parece conocernos mejor que nosotros mismos.
La mirada pérdida en el horizonte, la que quiere rasgar el velo de un futuro que sabemos vendrá para envolvernos, creyendo ver algo que sólo nuestro corazón sabe interpretar.
Y la mirada perdida en un espacio limitado, en esos momentos de silencio, en los que se dice todo, y en los que el espacio se curva sobre nosotros, para someternos.
Miradas que buscan lo que ya no está, y que encuentran en la ausencia, lo que nunca encontraron en otras miradas. La mirada que viene de dentro, y la que nos mira desde ahí. La que nos susurra el recuerdo del pasado, nos anima a un presente que está vivo, y nos empuja a un futuro prometido, esperando, esperando a que lo miremos.
29 de mayo de 2011
Nueva vida
Lidia se apresuró a contestar al móvil nada más oírlo sonar. Se paró en seco, y no se dio cuenta de cuánto estorbaba allí parada, en medio de una de las calles más comerciales de la ciudad. No fue hasta varios minutos después que se apartó, a la entrada de una bocacalle cercana.
-¿En serio, cariño? Oh, no digas eso, claro que estoy deseando verte otra vez, y otra vez, y otra… -y rompió a reír-. Sí…, que sí. Venga, no me lo preguntes más –y escuchó-…Oye, sabes que no quiero que ella sufra, ¿entiendes? Sé que cuando una pareja ha dejado de tener en común eso que…, bueno, ya sabes. En fin, pues eso, que no quiero que lo hagas más duro para ella de lo necesario. Ya sé que siempre me has comentado que lo vuestro acabó hace tiempo, y que sois conscientes de ello. Si fuera tú, lo haría pensando en mi misma. Vamos, que me pondría en su lugar, ¿qué querría yo que me dijeran, si van a divorciarse de mí? Puede que te parezca una tontería, lo sé, pero inténtalo, ¿vale? Hazlo por mí –y alguien le contestó al otro lado de la línea-, bueno, pues nos vemos luego entonces. Sí, en mi casa. Un beso, otro, otro para ti. Adiós, adiós…, que siiiií. Hasta luego, venga.
Y colgó, y alguien le tocó el hombro, y se dio la vuelta; era la mejor amiga que había tenido nunca, Mercedes. No la veía hacía años, pero eso no importaba; hay cosas que no cambian, y la conexión que se había creado entre las dos, aún no había muerto.
Mercedes dejó a un lado el carrito que traía, y abrazó cariñosamente a Lidia.
-¡Qué sorpresa, Lidia! ¡Qué tal, cómo estás! –dijo Mercedes.
- Bien, ¿y tú? ¡Cuánto tiempo, madre mía!
-¿Desde cuándo hace que no nos vemos?
-No sé –contestó Lidia.
-¿Por lo menos…, seis años?
-Algo así, ¿no?
-Sí, algo así.
Y se miraron de arriba abajo, y Lidia miró el carrito, y sonrió cordialmente a Mercedes. Y esta le devolvió la sonrisa, complaciente y orgullosa.
-¡Anda, que…! ¿Cuánto tiempo tiene? –dijo Lidia.
-Veinte meses.
-Pues ya está grande, ¿no?
-Sí que lo está. Ha salido a su padre –dijo Mercedes, inclinándose a comprobar que el niño estaba bien arropado. Lo acurrucó y lo besó.
-No lo saques al pobre, que está durmiendo.
-No, deja, no lo iba a hacer. Se acaba de dormir hace poquito.
Lidia la felicitó por la maternidad y confesó su envidia al respecto. Ella no buscaba, dijo, pero si viene, la haría muy feliz.
-¿Y cómo te ha ido todo? Cuéntame. ¿Estás con alguien? –dijo Mercedes, mientras apretaba una de las manos de Lidia cariñosamente.
-Pues no me puedo quejar. Acabé, como supondrás, la carrera, y estuve haciendo pasantía en un bufete. El director era amigo de mi padre, y me dejó estar un tiempo allí. No ganaba mucho, pero ya sabes como son estas cosas; al menos te sirve para aprender. Algo es algo –y volvió a sonreír al niño, que dormía plácidamente, sin notar el bullicio de la calle-. Luego me fui y entré en una consultoría. Tengo un buen trabajo y me pagan bien. No estoy fija, pero me gusta mucho lo que hago, ¿y tú?
-Pues ya ves… -y sonrió, a la vez que miraba al crío-, este ha sido mi pasado, y será mi futuro. Acabé como tú y no encontré trabajo.
-¿No?
-No
-¿Nada de nada?
-Nada, Lidia. Bueno, tú sabes, alguna que otra chapucilla con mi hermano, en la tienda. La verdad es que el tiempo que estuve me permitió coger algo de paro. Así que estuve… -y pensó en voz alta-, por lo menos casi dos años.
-¿Cobrando el paro?
-No, en la tienda, y luego, pues eso, lo que me quedó de paro y poco más. Me puse con unas oposiciones, pero no tuve paciencia para estudiarlas. Y, luego…, lo conocí a él.
Y volvieron a cogerse las manos, felices e íntimas.
-Sí, lo conocí a través de un amigo de mi hermano.
-¿Y os casasteis?
-No, en seguida no. La verdad es que estuvimos muchos meses de noviazgo. Luego, nos dijimos que sí, y al poco nació este.
Volvieron a sonreír y se dieron dos besos.
-¡Ser madre, aunque no lo hubiese esperado tan pronto, es un regalo! De verdad te lo digo, Lidia- y bajó el tono de voz-; ahora tenemos unos problemillas, pero estamos hablando mucho de ello.
-Lo siento, cariño.
-No, no pasa nada. Intento pensar que son cosas del matrimonio. Un niño une mucho, pero también pueden aparecer problemas que antes no había, ¿sabes?
-Lo sé, lo sé. Bueno, lo supongo. Yo aún no soy madre, ya me gustaría. Pero, vamos, estoy en ello.
-¡Tú también estás con alguien!
Y Lidia se derritió en la sonrisa más cándida que nadie vio jamás, soltó sus manos de Mercedes y las unió como una niña que acabase de abrir el regalo más grande de Navidad. Luego le devolvió una de ellas a Mercedes y la volvió a apretar fuerte.
-Sí, sí que soy feliz. Mucho. Es un hombre estupendo y me quiere con locura. Llevamos ya cerca de dos años.
-¿Y no habéis pensado en casaros?
-Claro que sí, pero es que no es fácil. Bueno, es que hay un problema. Él está…
-¿Casado? –terminó la frase Mercedes.
-Pues sí
-Vaya. Bueno, ¿cómo se te ocurre? Es que esas cosas… -y se corrigió, condescendiente-, bueno, no me eches cuenta. La verdad es que el amor es así. Viene cuándo menos te lo esperas y si las cosas están así, lo mejor es intentar sobrellevarlas, y arreglarlas pronto, en la medida de lo posible. Al final, siempre alguien sale mal de todo eso, ya sabes.
-Sí, lo hemos hablado. Y sé que esto lleva su tiempo, pero, Mercedes, ya son dos años…, no sabes cuánto estoy deseando que todo acabe entre ellos -y el móvil de Lidia volvió a sonar-. Espera, voy a cogerlo…, es él. “Sí, sí, que sí, ¿otra vez? –y sonrió a Mercedes-. “Entonces vas a hablar con ella hoy” –y la sonrisa se convirtió en una explosión contenida de felicidad-. “Sí, vale, ¿entonces no vienes a casa, no?” Bueno, pues llámame cuando acabes, y me cuentas. Que sí, venga, sí, ¿la llamas ahora mismo? ¡Oh, cariño, cuánto te quiero! Sí, mejor no dejarlo pasar más. Sí, cuanto antes…, sí. Venga, un beso –y volvió con Mercedes-. Era él, que dice que va a hablar con la mujer, y que luego…
-Espera, cielo –la interrumpió Mercedes, que me parece que siento el vibrador del móvil –y cogió el teléfono-. Sí, cariño, dime… -y sonrió a Lidia-. Que quieres que hablemos hoy… -y la sonrisa se contuvo-. Sí, bueno, pero… No entiendo qué dices con eso de que las cosas no van –y Lidia se identificó con su amiga, con una expresión compungida-, pero, eso de que conociste a alguien, no sé…, Antonio, oye, Antonio… -y al oir el nombre, Lidia se alejó más de Mercedes.
La amiga colgó, y ninguna dijo nada.
Mercedes, metió el móvil en el bolso. Luego volvió a arropar al niño.
Ambas levantaron la mirada y el ruido y el bullicio desapareció. Ambas debían marcharse y se disculparon al unísono por la prisa que tenían.
Al llegar al final de la calle, las dos miraron atrás y torcieron la esquina, avergonzadas a su modo, de tener cosas que hacer.
-¿En serio, cariño? Oh, no digas eso, claro que estoy deseando verte otra vez, y otra vez, y otra… -y rompió a reír-. Sí…, que sí. Venga, no me lo preguntes más –y escuchó-…Oye, sabes que no quiero que ella sufra, ¿entiendes? Sé que cuando una pareja ha dejado de tener en común eso que…, bueno, ya sabes. En fin, pues eso, que no quiero que lo hagas más duro para ella de lo necesario. Ya sé que siempre me has comentado que lo vuestro acabó hace tiempo, y que sois conscientes de ello. Si fuera tú, lo haría pensando en mi misma. Vamos, que me pondría en su lugar, ¿qué querría yo que me dijeran, si van a divorciarse de mí? Puede que te parezca una tontería, lo sé, pero inténtalo, ¿vale? Hazlo por mí –y alguien le contestó al otro lado de la línea-, bueno, pues nos vemos luego entonces. Sí, en mi casa. Un beso, otro, otro para ti. Adiós, adiós…, que siiiií. Hasta luego, venga.
Y colgó, y alguien le tocó el hombro, y se dio la vuelta; era la mejor amiga que había tenido nunca, Mercedes. No la veía hacía años, pero eso no importaba; hay cosas que no cambian, y la conexión que se había creado entre las dos, aún no había muerto.
Mercedes dejó a un lado el carrito que traía, y abrazó cariñosamente a Lidia.
-¡Qué sorpresa, Lidia! ¡Qué tal, cómo estás! –dijo Mercedes.
- Bien, ¿y tú? ¡Cuánto tiempo, madre mía!
-¿Desde cuándo hace que no nos vemos?
-No sé –contestó Lidia.
-¿Por lo menos…, seis años?
-Algo así, ¿no?
-Sí, algo así.
Y se miraron de arriba abajo, y Lidia miró el carrito, y sonrió cordialmente a Mercedes. Y esta le devolvió la sonrisa, complaciente y orgullosa.
-¡Anda, que…! ¿Cuánto tiempo tiene? –dijo Lidia.
-Veinte meses.
-Pues ya está grande, ¿no?
-Sí que lo está. Ha salido a su padre –dijo Mercedes, inclinándose a comprobar que el niño estaba bien arropado. Lo acurrucó y lo besó.
-No lo saques al pobre, que está durmiendo.
-No, deja, no lo iba a hacer. Se acaba de dormir hace poquito.
Lidia la felicitó por la maternidad y confesó su envidia al respecto. Ella no buscaba, dijo, pero si viene, la haría muy feliz.
-¿Y cómo te ha ido todo? Cuéntame. ¿Estás con alguien? –dijo Mercedes, mientras apretaba una de las manos de Lidia cariñosamente.
-Pues no me puedo quejar. Acabé, como supondrás, la carrera, y estuve haciendo pasantía en un bufete. El director era amigo de mi padre, y me dejó estar un tiempo allí. No ganaba mucho, pero ya sabes como son estas cosas; al menos te sirve para aprender. Algo es algo –y volvió a sonreír al niño, que dormía plácidamente, sin notar el bullicio de la calle-. Luego me fui y entré en una consultoría. Tengo un buen trabajo y me pagan bien. No estoy fija, pero me gusta mucho lo que hago, ¿y tú?
-Pues ya ves… -y sonrió, a la vez que miraba al crío-, este ha sido mi pasado, y será mi futuro. Acabé como tú y no encontré trabajo.
-¿No?
-No
-¿Nada de nada?
-Nada, Lidia. Bueno, tú sabes, alguna que otra chapucilla con mi hermano, en la tienda. La verdad es que el tiempo que estuve me permitió coger algo de paro. Así que estuve… -y pensó en voz alta-, por lo menos casi dos años.
-¿Cobrando el paro?
-No, en la tienda, y luego, pues eso, lo que me quedó de paro y poco más. Me puse con unas oposiciones, pero no tuve paciencia para estudiarlas. Y, luego…, lo conocí a él.
Y volvieron a cogerse las manos, felices e íntimas.
-Sí, lo conocí a través de un amigo de mi hermano.
-¿Y os casasteis?
-No, en seguida no. La verdad es que estuvimos muchos meses de noviazgo. Luego, nos dijimos que sí, y al poco nació este.
Volvieron a sonreír y se dieron dos besos.
-¡Ser madre, aunque no lo hubiese esperado tan pronto, es un regalo! De verdad te lo digo, Lidia- y bajó el tono de voz-; ahora tenemos unos problemillas, pero estamos hablando mucho de ello.
-Lo siento, cariño.
-No, no pasa nada. Intento pensar que son cosas del matrimonio. Un niño une mucho, pero también pueden aparecer problemas que antes no había, ¿sabes?
-Lo sé, lo sé. Bueno, lo supongo. Yo aún no soy madre, ya me gustaría. Pero, vamos, estoy en ello.
-¡Tú también estás con alguien!
Y Lidia se derritió en la sonrisa más cándida que nadie vio jamás, soltó sus manos de Mercedes y las unió como una niña que acabase de abrir el regalo más grande de Navidad. Luego le devolvió una de ellas a Mercedes y la volvió a apretar fuerte.
-Sí, sí que soy feliz. Mucho. Es un hombre estupendo y me quiere con locura. Llevamos ya cerca de dos años.
-¿Y no habéis pensado en casaros?
-Claro que sí, pero es que no es fácil. Bueno, es que hay un problema. Él está…
-¿Casado? –terminó la frase Mercedes.
-Pues sí
-Vaya. Bueno, ¿cómo se te ocurre? Es que esas cosas… -y se corrigió, condescendiente-, bueno, no me eches cuenta. La verdad es que el amor es así. Viene cuándo menos te lo esperas y si las cosas están así, lo mejor es intentar sobrellevarlas, y arreglarlas pronto, en la medida de lo posible. Al final, siempre alguien sale mal de todo eso, ya sabes.
-Sí, lo hemos hablado. Y sé que esto lleva su tiempo, pero, Mercedes, ya son dos años…, no sabes cuánto estoy deseando que todo acabe entre ellos -y el móvil de Lidia volvió a sonar-. Espera, voy a cogerlo…, es él. “Sí, sí, que sí, ¿otra vez? –y sonrió a Mercedes-. “Entonces vas a hablar con ella hoy” –y la sonrisa se convirtió en una explosión contenida de felicidad-. “Sí, vale, ¿entonces no vienes a casa, no?” Bueno, pues llámame cuando acabes, y me cuentas. Que sí, venga, sí, ¿la llamas ahora mismo? ¡Oh, cariño, cuánto te quiero! Sí, mejor no dejarlo pasar más. Sí, cuanto antes…, sí. Venga, un beso –y volvió con Mercedes-. Era él, que dice que va a hablar con la mujer, y que luego…
-Espera, cielo –la interrumpió Mercedes, que me parece que siento el vibrador del móvil –y cogió el teléfono-. Sí, cariño, dime… -y sonrió a Lidia-. Que quieres que hablemos hoy… -y la sonrisa se contuvo-. Sí, bueno, pero… No entiendo qué dices con eso de que las cosas no van –y Lidia se identificó con su amiga, con una expresión compungida-, pero, eso de que conociste a alguien, no sé…, Antonio, oye, Antonio… -y al oir el nombre, Lidia se alejó más de Mercedes.
La amiga colgó, y ninguna dijo nada.
Mercedes, metió el móvil en el bolso. Luego volvió a arropar al niño.
Ambas levantaron la mirada y el ruido y el bullicio desapareció. Ambas debían marcharse y se disculparon al unísono por la prisa que tenían.
Al llegar al final de la calle, las dos miraron atrás y torcieron la esquina, avergonzadas a su modo, de tener cosas que hacer.
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